Los libros

El ejercicio de leer ya no es el mismo. Me adentro en el mundo de Onetti y lo que más me importa es la adolescente Virginia. Lo que no se cuenta de ella, de sus ideas. De sus propias decisiones.

Con la prostituta que construye Goytisolo: lo mismo. Un grupo de hombres en una habitación y uno de ellos clavándole una medalla en el pecho a la mujer. No es más un mundo literario cualquiera. No es más la narración por encima de cualquier cosa. La obra como ente independiente.

Si nos interesa la universalidad de la literatura es porque todavía hoy podemos sentirla como nuestra. Porque aún opera el discurso con vigencia. Aún provoca, hiere, muestra.

Nos debemos siglos de literatura escrita por ellas. Quiero rastrear todas las librerías de la ciudad en busca de esos textos. Miro mi biblioteca en Buenos Aires: casi vacía de sus voces. Las busco en Internet, las leo, las releo, guardo fragmentos, documentos en PDF. Compro algún libro porque no puedo pagar más que eso.

Vuelvo a Duras, a Lispector, a Butler, a Woolf. Las olas, La vida tranquila, La pasión según G.H, Deshacer el género. Witting. Arendt. Guerreiro. Negroni. Nothomb. Rossi. Sontag. Tantas más.

¿Qué hicimos todos estos años? Cuando hablábamos de encontrarnos en los libros.

¿Cómo pudo pasarnos desapercibido?

Narrar el cuerpo (III)

Corrí para alcanzar a mi hermana, que caminaba dos cuadras por delante, hacia el trabajo. Le agarré la mochila y cuando se dio la vuelta, le vi otra de esas ampollas en la cara.

-Otra -le dije.

-Sí, tengo que ir al médico -respondió.

Un miedo atravesando mi cuerpo como todos los miedos que me atravesaron en los años de inocencia frente al cuerpo: mamá, mis células. papá, mi sangre. doctor, la piel, el corazón, los pulmones. El miedo a la enfermedad nacía del desconocimiento de mi propia habitación oscura. De sentir el dolor como inminencia. De no reconocer en la posibilidad de la muerte, la infinitud de la vida.

Salí a comprar helado y fui a ver a mi hermana al bar.

-¿Qué pasa? -me dijo.

Me preocupa eso -le respondí.

Ella sonrió poniendo ese gesto de los ojos hacia arriba, como despreocupándome a mí de sus marcas, de su cuerpo, de su propio miedo.

La hipocondría se parece al mar: todo está bien hasta que sube la marea y entendemos que no sabemos nadar.

La Sudestada

 

lasudesfinal

Se publicó el primer libro que escribí. Cuando un libro nace, deja de pertenecernos. Nunca nos perteneció, en realidad. Pero cuando llega a otras manos y superamos ese primer vértigo, cada lectura hará de esos poemas, poemas nuevos. Tengo los ejemplares sobre el mueble de la ropa, aguardando. Los entrego en algún café o en casa. Entrego alguno. Después hay pausas en las que se llenan de polvo un par de ellos sobre la mesa. Quizá los transporte conmigo hasta algún otro lugar.

Ya entendí que no me importa si se lee mucho o se lee poco. Aprendí que este libro fue algo inevitable. Que me dejó respirar mejor, no estar sola. Ahora cuando lo deslizo sobre alguna superficie y alguien lo agarra y lo guarda en la mochila, algo dentro de mí se desprende con ese gesto. Sigo liberándome a través de este ejercicio incansable que es la escritura. Sigo queriendo escribir libros por la pulsión de agrupar todo lo que no entiendo. De explorar las distintas texturas de lo vivo. De intentar alcanzar lo que no existe. De querer llegar a otras orillas.

El poema sucede irremediablemente.

Que lea La Sudestada quien por alguna extraña razón, quiera leerlo. Se puede conseguir aquí o enviando un email a verdeoscurocontacto@gmail.com

Narrar el cuerpo (II)

Hace unos años un médico disparó una suerte de fusil pequeño y eléctrico sobre la piel de mi espalda, haciendo desaparecer el lunar más grande que tenía. Alguien me había dicho que podía ser peligroso y yo le creí y me asusté y pedí que me lo sacaran (aunque nunca llegué a estar segura de si lo pedí o no). El médico dijo: es un pinchazo, un segundo.

Después del primer pinchazo vinieron otros dos pinchazos porque encontró dos lunares más sobre los que opinó que era mejor que dejaran de existir. Me sentí sin marcas de repente, como un lienzo por pintar y no me gustó la idea de que me hubieran quitado los lunares que naturalmente tenían un lugar en mi espalda. Me entristeció particularmente el más grande, el primero al que disparó el médico, el motivo de estar allí, el peligro cancerígeno. Me entristeció porque era igualito que el que tiene mi hermano mayor en el mismo lugar. Era nuestro signo de nacimiento, nuestra marca fraternal. Era lo que mamá nos había dado en común. Era lo único que sentía que tenía en común con él porque en aquel entonces no hablábamos mucho y yo sentía distancia y abismo entre nosotros. Un abismo cubierto por un lunar en la esquina inferior de nuestra espalda.

Decidir qué marcas de nuestro cuerpo deben seguir ahí o no implica la muerte de un signo.

Sacarse un lunar: la muerte de lo que me unía a mi hermano.

Irónicamente, después de acabar con aquel lunar mi hermano y yo empezamos a tener un acercamiento lento que años después resultaría en una relación hermosa, recuperada, elegida.

Aun así cuando pienso en aquel bulto sobresaliente de mi cuerpo siento nostalgia y me arrepiento de haberme asustado y de haber tratado así a mi peligro. Porque los signos del cuerpo nos recuerdan cosas y son necesarios.

Como hueco en los ojos: naciste con particularidades

Como arruga en la comisura de la boca: reímos tanto aquellos años

Como cicatriz en la pierna: caída por un barranco la primera tarde en la que que sentí los celos

Como lunar en la espalda: nostalgia de mi hermano

Hace unos años un médico disparó sobre mi signo y yo le dejé hacerlo. Ahora cuando me rozo con los dedos la marca de lo que fue recuerdo la importancia de enfrentar los miedos con más cariño y no querer arrancarlos de mi cuerpo para siempre.

Narrar el cuerpo (I)

Noto un dolor punzante en la parte superior izquierda del abdomen. Pienso que es mi hígado. Recuerdo que el hígado está en la parte superior derecha. Empiezo a dudarlo. Lo googleo. Está en la parte superior derecha. Me relajo. Pienso que entonces el dolor proviene de otro órgano vital. Podría ser el estómago. Quiero ver un dibujo del cuerpo humano por dentro. Lo googleo. El hígado es más grande de lo que pensaba. Se extiende hasta el lugar donde a mí me duele. Es mi hígado, mi hígado está enfermo. Estoy enferma. Me miro en el espejo: los ojos no están amarillos. Escribo un mensaje: “Me duele el hígado”. La respuesta: “Come alcachofas”. Pienso en curarme de mi hipocondría y no del hígado. Automáticamente, recuerdo mi interés por la anatomía durante la infancia. Dijeron que estudiaría medicina. Que era una niña de ciencias. Pero yo era una niña de letras. O una mujer de letras en desarrollo. O una hipocondríaca en potencia que memorizaba dónde estaban sus órganos, para poder localizarlos en el futuro.